Asentada en el centro de la loma del Valle de Guayangareo, el inicio de
la Ciudad de Michoacán ocurrió con la toma de posesión del sitio por
parte de los comisionados Juan de Alvarado, encomendero de Tiripetío;
Juan de Villaseñor, encomendero de Puruándiro encargado de buscar una
sede para una villa de españoles y al que se le atribuye la propuesta de
dicho lugar; y Luis de León Romano, italiano recomendado por el imperio
español y que en poco tiempo fue corregidor de Michoacán.
En el acto de toma de posesión estuvieron los hispanos Pedro de Fuentes,
alcalde; Juan Pantoja y Domingo de Medina, regidores; Alonso de Toledo,
escribano de Cabildo, quien levantó el acta; Nicolás de los Palacios
Rubios, Pedro de Munguía, Juan Botello y Martín Monge, testigos del
evento; Juan de la Vega y Pedro Pérez, interesados en el señalamiento de
ejidos; y los aledaños caciques y nativos principales Bartolomé, de
Tarímbaro; Juan, de Cuparátaro; Francisco, de Cheráparo e Irapeo; Juan,
de Acareno; y Martín, de Citangareo, así como una mayoritaria población
nativa, siempre anónima.
La loma o colina, amplia y convexa, se
prolonga de este a oeste con suaves declives hacia los cuatro puntos
cardinales, y está situada en medio de un valle regado por dos ríos: uno
que viene del sureste, el Río Chico o Chiquito, que corre al sur de la
población uniéndose al lado poniente de la colina con el Río Grande, vía
fluvial proveniente del lado sureste que ciñe a la loma por la parte
norte y por el lado occidental, para luego seguir su curso al oriente
hasta verter sus aguas en el cercano Lago de Cuitzeo.
Por lo que
toca a comunidades originarias vecinas, se documenta que al sureste del
valle, en el paraje llamado del Rincón, hubo una población prehispánica,
y que igual al sur, en la Loma de Santa María, hay vestigios de otros
dos asentamientos: el primero, del año 100 al 700 dC, con influencia de
la cultura Chupícuaro; y el segundo, con visos de la cultura
teotihuacana, del año 1450 hasta la llegada de los españoles en el siglo
XV, en los albores del cual este valle formó parte de una vía de
colonización de aliados de otro pueblo en la región, a los que por su
colaboración bélica contra el enemigo azteca se les dio la oportunidad
de elegir un sitio entre los límites de Tiripetío e Indaparapeo, por
parte de los matlalcingas, quienes habían recibido esas tierras de
soberanos purépechas. Gente amiga a la que por escoger un lugar en el
centro del reino se les llamó pirindas: los de en medio, que asentaron
su poblado Charo-Matlalcingo a quince kilómetros al nororiente de dicha
colina, y quienes para finales de ese mismo siglo se hallaban en
Etúcuaro, Undameo, Jesús del Monte, Santa María, Charo e Indaparapeo.
En el siglo VII,
se desarrollaron asentamientos humanos en el valle de Guayangareo,
vinculados con la cultura teotihuacana debido a los vestigios se ha
encontrado en la loma de Santa María y en las cercanías de la presa de
Cointzio. Alrededor del siglo XII llegaron los purépechas al actual
municipio de Morelia. En el siglo XIV se establecieron los pirindas o
matlatzincas, con el consentimiento de los gobernantes purépechas de
Tzintzuntzan. Los pirindas establecieron el poblado de Guayangareo en la
actual zona del parque Juárez.
La primera presencia española en el valle de Guayangareo
fue en 1522 Entre los años de 1530 y 1531 los franciscanos Juan de San
Miguel y Antonio de Lisboa, realizaron la evangelización entre los
naturales del valle de Guayangareo; se construyó el primer asentamiento
español en la zona , así como también el primitivo colegio de San
Miguel Guayangareo. Dentro de la pugna entre el Obispo Vasco de Quiroga y
los encomenderos michoacanos, apoyados por el Virrey Antonio de
Mendoza, la reina gobernadora, doña Juana en 1537, dispuso la fundación
de una villa de españoles. De esta forma, el 23 de abril, el virrey Don
Antonio de Mendoza, expidió la provincia virreinal para la fundación de
la nueva ciudad, y así, a las 8 de la mañana del miércoles 18 de mayo de
ese año tomaron posesión del valle de Guayangareo y se llevó a cabo la
fundación de la "Ciudad de Mechuacán", tratando de rivalizar en
importancia con Pátzcuaro y Tzintzuntzan, a las que también se les
conocía como "ciudad de Mechoacán". Para evitar esta confusión, el rey
Carlos I de España tomó la decisión de ordenar el cambio de nombre a la
ciudad, por lo que mediante la cédula real del 6 de febrero de 1545 le
concedió el título de ciudad de Valladolid, la cual recibió su escudo de
armas en 1553.
El desarrollo de la urbe fue difícil en sus primeras
cuatro décadas, debido a que Pátzcuaro era sede del obispado, gracias a
la predilección que tenía el primer obispo de Michoacán, Don Vasco de
Quiroga por Pátzcuaro, y su rechazo a que la nueva urbe ostentara los
poderes de la provincia. Sin embargo, el 25 de diciembre de 1575 (10
años después de la muerte del primer obispo de la provincia) se dispuso,
el traslado de la justicia y Ayuntamiento de la Provincia de Michoacán
de Pátzcuaro a Valladolid. Cinco años después, se traslado la cede del
obispado y el Colegio de San Nicolás Obispo (1581), fundado tiempo
atrás por Vasco de Quiroga.
Comenzó la llegada de diversas órdenes religiosas a
la ciudad con la construcción de sus conventos y monasterios, entre
ellos, el de las de monjas dominicas de Santa Catalina de Sena (1595),
los frailes mercedarios (1604), los monjes carmelitas (1596). Debido a
lo anterior, a finales del siglo XVI y todo el siglo XVII se aceleró el
desarrollo de la ciudad, constituyéndose en una de las ciudades más
importantes de la Nueva España, llenándose de importantes construcciones
civiles y religiosas, iniciándose la construcción de la magnífica
catedral en 1660, y en 1657,comenzaron las obras de construcción del
primer acueducto.